alto/largo : 61,0 cm ancho/diam : 51,0 cm prof/grosor : 0,0 cm alto/largo : 72,3 cm ancho/diam : 62,1 cm
Fecha de ingreso a la colección
1990
Descripción
La rica región minera de Antioquia abrió un camino hacia las artes decorativas. La orfebrería puso en evidencia la necesidad del conocimiento del dibujo y la acuarela. Francisco Antonio Cano (Yarumal, 1865-Bogotá, 1935), un joven dotado, después de haber ensayado diversos oficios, entre ellos la platería y la marmolería, se consagró a la pintura y escultura en 1885. Retomó la tradición de imagineros de su región al trabajar el género religioso y el patriótico. Viajó a Europa en 1898, con ayuda de sus amigos influyentes que consiguieron el apoyo del Gobierno. Había logrado estudiar pintura en el único lugar en el que a su juicio podía hacerse bien, en la Académie Julian en París.
Sus pinturas de bodegones y retratos demuestran su formación académica tardía que dejó plasmada en estudios en carboncillo, pastel y óleo realizados durante los seis meses que asistió a la Académie Julian. El tema que elaboró en óleo y carboncillo en dicha academia fueron los modelos que posaban. Un hombre joven, musculoso, que mira desafiante al espectador o un hombre viejo donde resalta la flacidez de la carne, denotan su interés por el conocimiento de la anatomía y su inclinación hacia el tratamiento de la luz.
A su regreso al país, en 1901, realizó retratos, bodegones de rosas muy académicos y paisajes más modernos en los que recordaba sus recorridos por las costas francesas. Dirigió la Escuela Nacional de Bellas Artes entre 1923-1927, cargo que asumiría después Roberto Pizano. Fue miembro de la Academia Colombiana de Bellas Artes, creada en 1930 por Raimundo Rivas, Daniel Samper Ortega y Ricardo Gómez Campuzano.