Álvaro Mutis
EL VIAJE
No sé si en otro lugar he hablado del tren del que fui conductor. De todas maneras, es tan interesante este aspecto de mi vida, que me propongo referir ahora cuáles eran algunas de mis obligaciones en ese oficio y de qué manera las cumplía.
El tren en cuestión salía del páramo el 20 de febrero de cada año y llegaba al lugar de su destino, una pequeña estación de veraneo situada en tierra caliente, entre el 8 y el 12 de noviembre. El recorrido total del tren era de 122 kilómetros, la mayor parte de los cuales los invertía descendiendo por entre brumosas montañas sembradas íntegramente de eucaliptos. (Siempre me ha extrañado que no se construyan violines con la madera de ese perfumado árbol de tan hermosa presencia. Quince años permanecí como conductor del tren y cada vez me sorprendía deliciosamente la riquísima gama de sonidos que despertaba la pequeña locomotora de color rosado, al cruzar los bosques de eucaliptos).
Cuando llegábamos a la tierra templada y comenzaban a aparecer las primeras matas de plátano y los primeros cafetales, el tren aceleraba su marcha y cruzábamos veloces los vastos potreros donde pacían hermosas reses de largos cuernos. El perfume del pasto "yaraguá" nos perseguía entonces hasta llegar el lugarejo donde terminaba la carrilera.
Constaba el tren de cuatro vagones y un furgón, pintados todos de color amarillo canario. No había diferencia alguna de clases entre un vagón y otro, pero cada uno era invariablemente ocupado por determinadas gentes. En el primero iban los ancianos y los ciegos; en el segundo los gitanos, los jóvenes de dudosas costumbres y, de vez en cuando, una viuda de furiosa y postrera adolescencia; en el tercero viajaban los matrimonios burgueses, los sacerdotes y los tratantes de caballos; el cuarto y último había sido escogido por las parejas de enamorados, ya fueran recién casados o se tratara de alocados muchachos que habían huido de sus hogares. Ya para terminar el viaje, comenzaban a oírse en este último coche los tiernos lloriqueos de más de una criatura y, por la noche, acompañadas por el traqueteo adormecedor de los rieles, las madres arrullaban a sus pequeños mientras los jóvenes padres salían a la plataforma para fumar un cigarrillo y comentar las excelencias de sus respectivas compañeras.
La música del cuarto vagón se confunde en mi recuerdo con el ardiente clima de una tierra sembrada de jugosas guanábanas, en donde hermosas mujeres de mirada fija y lento paso escanciaban el guarapo en las noches de fiesta.
Con frecuencia actuaba el sepulturero. Ya fuera un anciano fallecido en forma repentina o se tratara de un celoso joven del segundo vagón envenenado por sus compañeros, una vez sepultado el cadáver permanecíamos allí tres días vigilando el túmulo y orando ante la imagen de Cristóbal Colón, santo patrono del tren.
Cuando estallaba un violento drama de celos entre los viajeros del segundo coche o entre los enamorados del cuarto, ordenaba detener el tren y dirimía la disputa. Los amantes reconciliados, o separados para siempre, sufrían los amargos y duros reproches de todos los demás viajeros. No es cualquier cosa permanecer en medio de un páramo helado o de una ardiente llanura donde el sol reverbera hasta agotar los ojos, oyendo las peores indecencias, enterándose de las más vulgares intimidades y descubriendo, como en un espejo de dos caras, tragedias que en nosotros transcurrieron soterradas y silenciosas, denunciando apenas su paso con un temblor en las rodillas o una febril ternura en el pecho.
Los viajes nunca fueron anunciados previamente. Quienes conocían la existencia del tren, se pasaban a vivir a los coches uno o dos meses antes de partir, de tal manera que, a finales de febrero, se completaba el pasaje con alguna ruborosa pareja que llegaba acezante o con un gitano de ojos de escupitajo y voz pastosa.
En ocasiones sufríamos, ya en camino, demoras hasta de varias semanas debido a la caída de un viaducto. Días y noches nos atontaba la voz del torrente, en donde se bañaban los viajeros más arriesgados. Una vez reconstruído el paso, continuaba el viaje. Todos dejábamos un ángel feliz de nuestra memoria rondando por la fecunda cascada, cuyo ruido permanecía intacto y, de repente, pasados los años, nos despertaba sobresaltados, en medio de la noche.
Cierto día me enamoré perdidamente de una hermosa muchacha que había quedado viuda durante el viaje. Llegado que hubo el tren a la estación terminal del trayecto me fugué con ella. Después de un penoso viaje nos establecimos a orillas del Gran Río, en donde ejercí por muchos años el oficio de colector de impuesto sobre la pesca del pez púrpura que abunda en esas aguas.
Respecto al tren, supe que habla sido abandonado definitivamente y que servía a los ardientes propósitos de los veraneantes. Una tupida maraña de enredaderas y bejucos invade ahora completamente los vagones y los azulejos han fabricado su nido en la locomotora y el furgón.
NOCTURNO
- Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
- Sobre las hojas de plátano,
- sobre las altas ramas de los cámbulos,
- ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y
- [vastísima
- que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
- que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
- La lluvia sobre el zinc de los tejados
- canta su presencia y me aleja del sueño
- hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
- en la noche fresquísima que chorrea
- por entre la bóveda de los cafetos
- y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
- Ahora, de repente, en mitad de la noche
- ha regresado la lluvia sobre los cafetales
- y entre el vocerío vegetal de las aguas
- me llega la intacta materia de otros días
- salvada del ajeno trabajo de los años.
CITA
In memoriam J. G. D.
- Bien sea en la orilla del río que baja de la cordillera
- golpeando sus aguas contra troncos y metales dormidos,
- en el primer puente que lo cruza y que atraviesa el tren
- en un estruendo que se confunde con el de las aguas;
- allí, bajo la plancha de cemento,
- con sus telarañas y sus grietas
- donde moran grandes insectos y duermen los murciélagos;
- allí, junto a la fresca espuma que salta contra las piedras;
- allí bien pudiera ser.
- O tal vez en un cuarto de hotel,
- en una ciudad a donde acuden los tratantes de ganado,
- los comerciantes en mieles, los tostadores de café.
- A la hora de mayor bullicio en las calles,
- cuando se encienden las primeras luces
- y se abren los burdeles
- y de las cantinas sube la algarabía de los tocadiscos,
- el chocar de los vasos y el golpe de las bolas de billar;
- a esa hora convendría la cita
- y tampoco habría esta vez incómodos testigos,
- ni gentes de nuestro trato,
- ni nada distinto de lo que antes te dije:
- una pieza de hotel, con su aroma a jabón barato
- y su cama manchada por la cópula urbana
- de los ahítos hacendados.
- O quizás en el hangar abandonado en la selva,
- a donde arrimaban los hidroaviones para dejar el correo.
- Hay allí un cierto sosiego, un gótico recogimiento
- bajo la estructura de vigas metálicas
- invadidas por el óxido
- y teñidas por un polen color naranja.
- Muera, el lento desorden de la selva,
- su espeso aliento recorrido
- de pronto por la gritería de los monos
- y las bandadas de aves grasientas y rijosas.
- Adentro, un aire suave poblado de líquenes
- listado por el tañido de las láminas.
- También allí la soledad necesaria,
- el indispensable desamparo, el acre albedrío.
- Otros lugares habría y muy diversas circunstancias;
- pero al cabo es en nosotros
- donde sucede el encuentro
- y de nada sirve prepararlo ni esperarlo.
- La muerte bienvenida nos exime de toda yana sorpresa.
POEMA DE LÁSTIMAS A LA MUERTE
DE MARCEL PROUST
- ¿En qué rincón de tu alcoba, ante qué espejo,
- tras qué olvidado frasco de jarabe,
- hiciste tu pacto?
- Cumplida la tregua de años, de meses,
- de semanas de asfixia,
- de interminables días del verano
- vividos entre gruesos edredones,
- buscando, llamando, rescatando,
- la semilla intacta del tiempo,
- construyendo un laberinto perdurable
- donde el hábito pierde su especial energía,
- su voraz exterminio;
- la muerte acecha a los pies de tu cama,
- labrando en tu rostro milenario
- la máscara letal de tu agonía.
- Se pega a tu oscuro pelo de rabino,
- cava el pozo febril de tus ojeras
- y algo de seca flor, de tenue ceniza volcánica,
- de lavado vendaje de mendigo,
- extiende por tu cuerpo
- como un leve sudario de otro mundo
- o un borroso sello que perdura.
- Ahora la ves erguirse, venir hacia ti,
- herirte en pleno pecho malamente
- y pides a Celeste que abra las ventanas
- donde el otoño golpea como una bestia herida.
- Pero ella no te oye ya, no te comprende,
- e inútilmente acude con presurosos dedos de hilandera
- para abrir aún más las llaves del oxígeno
- y pasarte un poco del aire que te esquiva
- y aliviar tu estertor de supliciado.
- Monsieur Marcel ne se rend compte de rien,
- explica a tus amigos
- que escépticos preguntan por tus males
- y la llamas con el ronco ahogo del que inhala
- el último aliento de su vida.
- Tiendes tus manos al seco vacío del mundo,
- rasgas la piel de tu garganta,
- saltan tus dulces ojos de otros días
- y por última vez tu pecho se alza
- en un violento esfuerzo por librarse
- del peso de la losa que te espera.
- El silencio se hace en tus dominios,
- mientras te precipitas vertiginosamente
- hacia el nostálgico limbo donde habitan,
- a la orilla del tiempo, tus criaturas.
- Vagas sombras cruzan por tu rostro
- a medida que ganas a la muerte
- una nueva porción de tus asuntos
- y, borrando el desorden de una larga agonía,
- surgen tus facciones de astuto cazador babilónico,
- emergen del fondo de las aguas funerales
- para mostrar al mundo
- la fértil permanencia de tu sueño,
- la ruina del tiempo y las costumbres
- en la frágil materia de los años.
MOIROLOGHIA1
- Un cardo amargo se demora para siempre en tu garganta
- ¡oh Detenido!
- Pesado cada uno de tus asuntos
- no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.
- Ahora inauguras la fresca cal de tus nuevas vestiduras,
- ahora estorbas, ¡oh Detenido!
- Voy a enumerarte algunas de las especies de tu nuevo reino
- desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte y
- hacer memoria melosa de tus intemperancias.
- Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti,
- ¡oh yerto sin mirada!
- Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto, fácil,
- [incoloro.
- Tu boca moverá pausadamente la mueca de su
- [desleimiento.
- Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán en
- [cruz,
- vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los
- [invade.
- ¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas,
- tus ruidosos asombros de idiota.
- Tu voz se hará del callado rastreo de muchas y diminutas
- [bestias de color pardo,
- de suaves derrumbamientos de materia polvosa ya y
- [elevada en pequeños túmulos
- que remedan tu estatura y que sostiene el aire sigiloso
- [y ácido de los sepulcros.
- Tus firmes creencias, tus vastos planes
- para establecer una complicada fe de categorías y
- [símbolos;
- tu misericordia con otros, tu caridad en casa,
- tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los vivos,
- tus luces de entendido,
- en qué negro hueco golpean ahora,
- cómo tropiezan vanamente con tu materia en derrota.
- De tus proezas de amante,
- de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos,
- del torcido curso de tus apetitos,
- qué decir, ¡oh sosegado!
- De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa rosácea
- [de tus glándulas,
- las primeras visitadas por el signo de la descomposición.
- ¡Ni una leve sombra quedará en la caja para testimoniar
- [tus concupiscencias!
- "Un día seré grande..." solías decir en el alba
- de tu ascenso por las jerarquías.
- Ahora lo eres, ¡oh Venturoso! y en qué forma.
- Te extiendes cada vez más
- y desbordas el sitio que te fuera fijado
- en un comienzo para tus transformaciones.
- Grande eres en olor y palidez,
- en desordenadas materias que se desparraman y te
- [prolongan.
- Grande como nunca lo hubieras soñado,
- grande basta sólo quedar en tu lugar, como testimonio
- [de tu descanso,
- el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales y
- [tercas.
- Ahora, ¡oh tranquilo desheredado de las más gratas
- [especies!,
- eres como una barca varada en la copa de un árbol,
- como la piel de una serpiente olvidada por su dueña en
- [apartadas regiones,
- como joya que guarda la ramera bajo su colchón astroso,
- como ventana tapiada por la furia de las aves,
- como música que clausura una feria de aldea,
- como la incómoda sal en los dedos del oficiante,
- como el ciego ojo de mármol que se enmohece y cubre de
- [inmundicia,
- como la piedra que da tumbos para siempre en el fondo de
- [las aguas,
- como trapos en una ventana a la salida de la ciudad,
- como el piso de una triste jaula de aves enfermas,
- como el ruido del agua en los lavatorios públicos,
- como el golpe a un caballo ciego,
- como el éter fétido que se demora sobre los techos,
- como el lejano gemido del zorro
- cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la orilla del
- [estanque,
- como tanto tallo quebrado por los amantes en las tardes de
- [verano,
- como centinela sin órdenes ni armas,
- como muerta medusa que muda su arco iris por la opaca
- [leche de los muertos,
- como abandonado animal de caravana,
- como huella de mendigos que se hunden al vadear una
- [charca que protege su refugio,
- como todo eso ¡oh varado entre los sabios cirios!
- ¡Oh surto en las losas del ábside!
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Moirologhia es un lamento o treno que cantan las mujeres del Peloponeso alrededor del féretro o la tumba del difunto. |
